mayo 12, 2013

Señora maestra

Personaje Cuarenta años de carrera ameritan un festejo y Adriana Barraza, la actriz mexicana maestra de actores y actrices para el difícil arte del culebrón y el español neutro, está lejos de privarse. En ésta, su “segunda patria”, presenta dos obras en las que recorre desde ese momento especial en que hacía Lady Macbeth mientras las réplicas de un terremoto le movían el escenario a las bizarreadas propias de haber estado nominada al Oscar y saludar con miedo de que le roben las joyas prestadas de millones de dólares. Aquí recorre parte de esas anécdotas, su relación con el feminismo mexicano y por qué su casa, ahora, se reparte entre Miami y Buenos Aires.

Cuando Adriana Barraza se refiere a su Buenos Aires querida, sobran las palabras de aliento. De buenas a primeras, la mexicana –que reside hace diez años en Argentina– asegura que el blanquiceleste le devolvió el buen concepto de la actuación y, para colmo de bienes, el amor. “Cuando llegué en 2002, la situación económica del país era difícil, pero los artistas se subían al escenario lo mismo y daban shows increíbles por dos pesos con cincuenta. Después de tantos años en la tevé mexicana yo había perdido esa pasión que volví a recobrar aquí. Además conocí a mi amor, el actor Arnaldo Pipke, y ya llevamos ocho años de casados”, describe la mujer que nació un día de marzo de 1956 en la ciudad de Toluca y, desde septiembre pasado, suma cuatro décadas dedicadas a la actuación.

De allí que no sea extraño que, para festejar el aniversario de una vocación que rara vez ha flaqueado, la afable Barraza haya decidido traer a “su segunda patria” dos espectáculos teatrales donde, en uno (Me doy el gusto), repasa los hitos que marcaron su carrera y, en el otro (Dos amores y un bicho), se da el lujito de compartir escena con sus seres más queridos: su media naranja –Pipke– y su hija, la también actriz Ana Carolina Valsagna. Ya lo hizo en México meses atrás y volverá a hacerlo en lo inmediato, en Estados Unidos.

Dueña de un mote que la acompaña –en buena ley– desde siempre (“maestra Barraza”), la artista que fuera nominada al Oscar por su destacado papel en el film Babel, de Alejandro Iñárritu, suma páginas y páginas en su hoja de ruta: diez años como docente perfeccionando actores de Televisa, actriz de telenovelas como Imperio de cristal, Bajo el mismo rostro o Alguna vez tendremos alas, directora de escena de melodramas como Locura de amor, El manantial o Cómplices al rescate, actriz de míticos largometrajes como Amores perros, la ya mencionada Babel, la local Cerro Bayo o Arrástrame al infierno, Adriana comparte con Las12 el camino que la ha depositado en los Golden Globes o los Screen Actors Guild Awards, en la dirección de una escuela de actuación propia en Miami, en producciones de alta estampa como Capadocia, por mencionar algunos pocos logros de los muchos que sigue cosechando.
Para festejar tus 40 años como actriz, estás presentando dos piezas teatrales: Me doy el gusto, monólogo autobiográfico coescrito con la dramaturga argentina Erika Halvorsen, y Dos amores y un bicho, del venezolano Gustavo Ott, donde además actúan tu hija Ana Carolina Valsagna y tu marido Arnaldo Pipke. Una celebración bien nutrida...

–Son dos espectáculos que estrené en México a fines del año pasado, cuando cumplí cuatro décadas de actriz. Y como ésta es mi segunda patria (vivo aquí hace diez años, mi marido es argentino, al igual que mi nieto), aquí continúo los festejos. Me doy el gusto nació a partir de pláticas con Erika y repasa mis años como persona del escenario, si bien intentamos que fuera lo más universal posible. Porque aun cuando la historia tiene nombre, apellido y lugar, habla del gozo que significa estar con el impulso creativo y cuenta por qué alguien elige actuar llueve, truene o relampaguee. Dos amores y un bicho, en cambio, es una lectura dramatizada sobre una mamá, un papá y su hija y la mala dinámica familiar, la violencia soterrada que pasa de generación en generación y la posibilidad, en un momento determinado, de romper (o no) con el círculo vicioso. Después de Argentina, tenemos previsto presentarlos en Estados Unidos.
Al respecto de Me doy el gusto, ¿qué gustos te das sobre el escenario?

–El espectáculo empieza conmigo haciendo el primer monólogo de Lady Macbeth. Allí cuento que la última vez que hice ese personaje fue en 1985. El día anterior a la función, México había sufrido un terremoto terrible. Con la ciudad devastada, hice unos kilómetros y me subí al escenario y, en plena obra, me agarró una de las réplicas más fuertes. Así y todo, no me moví un centímetro. Es muy extraño cómo, aun en las situaciones más difíciles, el actor no sale de escena. Quemado, cortado, con las piernas rotas, en medio de un incendio, el actor sigue. Hay algo extraño en el oficio.
¿Recuperas también algunos de los personajes que hiciste en melodramas mexicanos como Locura de amor, Clase 406, la telenovela Alguna vez tendremos alas, producida por Florinda Meza, entre tantas otras producciones?

–Mira, siempre que he hecho telenovelas me tocó hacer de fea, mala y pobre. Eso también lo digo. Platico sobre por qué ocurrió, sobre cómo traté de que no fuera así, pero cómo, al final del día, la televisión siempre te encasilla.
Durante 10 años trabajaste perfeccionando actores en el grupo Televisa, ganándote un mote que persiste hasta hoy día: “La maestra”. Es curioso cómo funciona ese tipo de empresas, reclutando potenciales estrellas, formándolas, dándoles roles en tevé, llevándolos incluso a la fama. ¿Vos trabajabas con iniciados?

–Televisa tiene una escuela de formación muy grande que admite a 500 alumnos cada año y, tras tres años de estudios, decanta personas. Personas que, por cierto, van a alimentar sus producciones. Si los dueños de la empresa querían que una persona (hubiese estudiado o no) fuese protagonista de una telenovela, lo traían a nuestro taller. Un músico, por ejemplo, se ponía en nuestras manos durante varios meses para que le diéramos las herramientas básicas para resolver los problemas que le representaba una telenovela y para que pudiera hacer su personaje lo más dignamente posible. La televisión está llena de personas que fungen como actores sin serlo, porque lo que en realidad tienen es oficio. Los verdaderos actores, en cambio, obran con talento y profundidad y nunca se representan a sí mismos.
¿En qué momento das el salto de maestra a actriz de telenovelas?

–A Televisa entré como asistente de dirección; recién empecé a hacer novelas cinco o seis años más tarde, cuando ya conocía a todo el mundo. Un día, en una muestra de mis propios alumnos, un productor amigo me dijo: “¡Hombre, no sabía que actuabas tan bien! ¿No quieres hacer un personaje?”, y así arranqué, y me fue muy bien. Después empecé a dirigir.
¿Y qué opinión te merece la telenovela mexicana de hoy día?

–Muchas son mexicanas, pero hay otro tanto que se hace en Miami con actores mexicanos y son producciones norteamericanas. Porque el mercado más fuerte de la telenovela hoy día está en Miami. Fíjate que en Estados Unidos somos 40 millones de latinos y, del total, un 80 por ciento es mexicano. Te imaginarás el porcentaje de público cautivo que representamos... Respecto del género puntualmente, hay que entender que el melodrama –en el que se basa la telenovela– es un ejercicio de emociones y no podemos pedirle que tenga atributos que no le corresponden. El melodrama no es malo; lo malo y feo es hacer melodramas malos y feos. Los hay maravillosos. Incluso la mayoría de las películas norteamericanas lo son. ¡Harry Potter es un melodrama en su estructura! Cuando no está llena de frases del tipo “Aléjate de mí que soy una tormenta de odio”, cuando la mayoría de los actores son actores, cuando el nivel de factura y de calidad es alto, la telenovela es algo hermoso. Y tampoco es que te tienes que inventar el firmamento: con ser respetuoso del género, hacer un buen ejercicio de emociones que llegue al espectador, apelar a sus conflictivas, justificar el bien y contar una saga, alcanza. La última novela en la que trabajé, donde fui responsable de toda la cuestión creativa, se llamó Eva Luna, y fue un melodrama lo más clásico posible, adecuado a una realidad, sin caer en el ridículo, y nos fue muy bien. Estuvimos en el top ten de la tevé norteamericana, a veces por arriba de Two and a Half Men y The Big Bang Theory. Las telenovelas que no aguanto son las norteamericanas que están 30 años en el aire –como Hospital General o Days of Our Lives– donde dicen “Oh, vamos a viajar a Costa Rica” y ves que pasan a un set con palmeritas. Y después nos critican a nosotros... ¡Imagínate!
Te darás revancha dándoles clase en la escuela de actuación y acento neutro de Miami que abriste hace unos años con tu marido, el actor argentino Arnaldo Pipke. ¿Qué me podás contar del instituto?

–Es un centro de estudios bastante esquemático y programado, con maestros universitarios y un plan muy serio. Si bien no somos un college –eso necesitaría completar muchísimos requisitos y ni siquiera nos conviene–, nuestra idea de enseñanza es profunda. Es que tiene que haber una base y un concepto detrás de la actuación; no se trata de hacer escenitas. Además trabajamos la voz en general, que tanto nos hace falta a los actores; en especial a los jóvenes que muchas veces adolecen del saber decir. Y enseñamos el neutro porque es un mecanismo que habilita trabajar en muchos sitios. Un ejemplo sería Diego Olivera, que fue uno de mis alumnos de acento neutro cuando hicimos aquí ese experimento de Telemundo que fue Frijolito, donde además trabajé como coach de Carla Peterson, Marita Ballesteros, entre tantos otros. Les di clase a más de 900 actores argentinos, de los cuales usamos alrededor de 300. Lo que sí: cuando llegué aquí no había profesores de castellano neutro y me vi en la necesidad de crearlos. Néstor Sacco, que ahora tiene escuela propia, es uno de ellos.
A principios de año actuaste en Ley primera, del director argentino Diego Rafecas, que narra el drama de los indígenas tobas asentados en la comunidad de Chaco. ¿Por qué decidiste involucrarte en el proyecto?

–La historia me conmovió profundamente, porque trata un tema que afecta a toda la región latinoamericana: el de las culturas originarias. Es una deuda de todos los países, tanto de los gobiernos como de las personas que no hemos protestado para incluirlos como ciudadanos. Justo me tocó leer el guión mientras filmaba Cerro Bayo en Villa La Angostura y, esos días, pude ver un paro chiquito –en las seis cuadritas del centro– que hacían los mapuches. Entonces me dediqué a averiguar qué pasaba y entendí que pasaba lo que pasa en todos los países. Ley primera, además, me dio la posibilidad de trabajar con un cacique toba de Escobar que, además de hacer un personaje, nos orientó sobre cómo es la etnia, por qué están en Escobar, cuántos son, cómo viven –pobres y olvidados–. Aún falta que la película se termine; todavía no se filmó una parte que transcurre en Estados Unidos.
Uno de los hitos en tu carrera fue tu participación en la película Babel, de Alejandro Iñarritu, por la que fuiste nominada al Oscar como mejor actriz de reparto. ¿Hay un antes y un después de dicha mención?

–Babel fue el salto que me hizo conocida en muchos lugares y es algo que recupero en el monólogo Me doy el gusto para mostrar cómo una persona de un pueblito con ciertos sueños finalmente llega al lugar más publicitado y conocido del mundo entero. Es el punto de vista de una señora “normal” sobre el mundo más de fantasía que existe, una industria donde suceden cosas irreales, como lo fue lucir un collar de siete millones y medio de dólares con tres tipos de oro, de Damiani, en la premiación. Solamente el broche de pelo tenía 18 diamantes...
¿No te daba un poquito de pánico llevar tamaños accesorios y que se perdiesen?

–¡Sí! Mi marido iba detrás como un gendarme. Porque, sabes, allí te saludan cientos y cientos de personas y, en muchos casos... ¡la gente te tira del pelo, queriendo robarlos! Cuando lo contamos en Damiani nos decían: “Siempre pasa, pero no hay que preocuparse que está todo asegurado”. Ahí te enteras de todo el chusmerío y entiendes que todos somos hijos del vecino. Los cientos de miles de dólares que tú recibes en regalos sólo por estar nominada es impresionante. En Sundance, por ejemplo, hay casas (literalmente casas, con tres, cuatro pisos) donde tú entras y te dan de todo. ¡Hasta Barbies vestidas de diseñador que llevan zafiros verdaderos! Es una cosa obscena, realmente; grosera. Tanto exceso no debería existir.
Como adoradora del género de terror, no puedo dejar de preguntarte sobre cómo fue trabajar con el director norteamericano Sam Raimi en Arrástrame al infiermo (Drag Me to Hell)...

–Siempre amé el género de terror, así que obviamente conocía a Raimi desde The Evil Dead (que, en México, se llamó El despertar del diablo), su primera película del ’81 que lo hizo famosísimo en Cannes; un film horrible (en el mejor de los sentidos) donde casi se ve el alambre, la cicatriz, el cierre del traje de monstruo. Después de haber hecho tantos films y haber dirigido las del Hombre Araña que lo llenaron de millones, Sam quiso volver a su primera época y hacer una película sin efectos especiales de computadora, con los artilugios propios de sus inicios. ¡Estuvo todo un día para descifrar cómo mover la tacita que debían mover los fantasmas burlones en la sesión espiritista! Y no sabes lo entusiasmado que estaba cuando me mostraba cómo lo hacía con un hilito. Cuando ves fuego, hay alguien con una garrafa echando fuego. Cuando ves una cabra, hay cabra real. ¡Hasta tuve que parar una escena porque se comía mi vestido! Los ensayos eran de mucha risa. Y la voz que escuchas en mi escena es mi voz. Para crear el canto de mi personaje, pensé en un canto indio, milenario, apache. ¡Le metí de todo! El “mmm” profundo que se escucha, por ejemplo, lo tomé de los baños de Temazcal, un rito azteca donde te metes a un iglú de barro y te entran piedras hirviendo, al rojo vivo, y tú ves en esas piedras la cara de los dioses. Cuando encuentras un rostro bonito, dices “mmm”. Fue divertidísimo hacerlo. Aparte, Raimi lleva toda la metodología Hitchcock: llega de traje, como el caballero que es, y tiene un humor negro fantástico. Cuando llegué a los estudios la primera vez y me dijeron que el director me estaba esperando, vi una mesa con señores de traje y pensé: “Ese debe ser un contador. O un abogado”.
¿Has pensado en volver a vivir a México?

–No, no volvería a vivir allá. En este momento, mi país atraviesa circunstancias muy complicadas y, aun cuando no se oye tanto sobre la criminalidad, nunca se sabe si verdaderamente bajó o si, como siempre, se la está ocultando por el cambio de gobierno. Por lo pronto, tengo una vida hecha en Miami y Argentina.
La sociedad mexicana es conocida como una de las más misóginas de América latina ¿La has padecido en carne propia?

–Desde mi lugar de trabajo, claro que sufrí el machismo mexicano. Pero no sólo allí sino desde la familia misma. Fíjate que, llegado el momento de estudiar una carrera allá por los ’70, jamás se me hubiera ocurrido decir “Teatro”, porque me hubieran matado. No estaba bien visto y estaba fuera de mi universo, siendo yo una niña de su casa (igualmente, a todo mundo se le quitó el malestar cuando llegó la fama...). Entonces elegí Leyes o Medicina, porque quería ser psiquiatra; el primer libro de psiquiatría que leí fue a los 14; me interesaba mucho cómo era el ser humano. Pero mi papá dijo: “No, ésas son carreras de hombre. Será Ciencias Químicas”, y yo tuve que aceptar. De hecho, trabajé cuatro años en un hospital. Porque, claro, está el machismo, ¿pero quién lo hace? Hay una frase muy buena en mi país que dice: “Macho, con ‘m’ de mamá”. Somos las mujeres las que tenemos que levantar la voz y, desde la propia casa, cambiar la forma en que somos tratadas, pensar en nuestros derechos. Igualmente, aunque México sigue siendo machista, ya no lo es tanto...
Cuesta creerlo cuando las cifras de femicidios en Ciudad Juárez siguen creciendo...

–Es escalofriante. Que puedan existir esos crímenes y que sean protegidos por las propias autoridades es una cosa muy compleja y muy terrible. Quién sabe qué núcleos de poder se ocultan detrás de las muertas de Juárez... Hay un documental muy bueno al respecto, que recomiendo ver: se llama Bajo Juárez y lo hizo una muchacha muy valiente, Alejandra Sánchez. Y digo valiente porque la gente que habla del tema siempre es amenazada. Igualmente creo que el machismo es universal, no sólo mexicano, y si vemos la historia de nuestros países, podremos responder muchas preguntas sobre por qué somos como somos en la actualidad. En el caso de mi país específicamente, desde antes de la conquista española: los aztecas eran una sociedad muy autoritaria y sanguinaria con los vecinos, que subyugaban a quien fuera, y donde la mujer estaba en el último de los términos, acostumbrada a decir “Sí, señor” y agachar la cabeza. Ya con la Conquista, al avasallamiento criminal de los aztecas se sumó la violación de las mujeres, hecho que prevalece aún hoy en todas las guerras. Vinieron, violaron y se fueron, dejando a una sociedad de hijos no reconocidos sin padre, que ni siquiera tenían alma porque, según la clasificación española, los indios eran animales y eran tratados como tales.
En las décadas del 70 y 80, salió en México una de las primeras revistas feministas latinoamericanas: la publicación bimestral Femme, realizada por grandes referentes como Tununa Mercado, Elena Urrutia, Elena Poniatowska, entre otras. ¿La conocías? ¿Eras lectora?

–¡Claro que sí! A mí me tocó pasar la adolescencia en los ’70 y, en aquel entonces, uno de los asuntos que era indispensable discutir era la condición de la mujer. Recuerdo que el primer número de Femme que cayó en mis manos fue gracias a una ex cuñada, presidenta de una organización no gubernamental llamada Mujeres católicas por el Derecho a Decidir. Allí leí algo que me abrió los ojos, decía: “Mientras las mujeres no tengan solucionadas sus necesidades primarias –el alimento propio, el alimento de sus hijos y la vivienda–, no se les puede pedir que salgan y luchen”. Recuerdo que, hasta ese momento, mi postura era radical y tonta, de enojarme con las mujeres y demandarles cosas que la sociedad no les habilitaba. Con Femme empecé a entender que las cosas eran más complejas.

Me doy el gusto se presenta los martes 14 y 28 de mayo a las 21 en el teatro Picadero, Pasaje Discépolo 1857. Teléfono 51995793. Localidades a $ 100 y $ 120. Venta por Plateanet.com.

Dos amores y un bicho, los jueves 16, 23 y 30 de mayo a las 23.15 también en el Picadero.

Por Guadalupe Treibel
Fuente: Página/12

Sí a la Diversidad Familiar!
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