Una revolución lenta, pero irreversible
Las gitanas quieren ser escuchadas. Cambian las tradiciones del pañuelo como prueba de virginidad, la del luto riguroso y la de los matrimonios tempranos. Estudian, trabajan fuera de casa y conducen. Discriminadas y estereotipadas, se organizan para reivindicar sus derechos y promover un feminismo diverso.
En España hay unas 20 organizaciones y asociaciones de mujeres gitanas y casi 300 en toda Europa. Sus reivindicaciones se extienden y ya han empezado a tejer redes y a establecer estrategias comunes de lucha. Celia Gabarri, de Secretariado Gitano, considera que las gitanas se han subido al carro del feminismo con cierta desventaja. “En la sociedad paya, el machismo está enmascarado o disfrazado, pero no así en la comunidad gitana, donde un hombre puede decir que te toca ser ama de casa sin que suene políticamente incorrecto”. Según su visión, los hombres no van a cambiar una situación en la que están cómodos y en la que ellos ganan. “El cambio tiene que venir desde las propias mujeres”.
Rosa Jiménez, por su parte, explica que defienden la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, pero que no hablan de feminismo, “porque es una palabra que asusta a muchos gitanos”. Su estrategia es hacer que los hombres gitanos entiendan la igualdad como algo positivo para la cultura gitana. “Que entiendan la educación de las mujeres como algo bueno para la familia y la comunidad. Queremos que nos acompañen en este camino de lucha. Vamos despacio, pero llegaremos”. Reivindica que sus dinámicas son diferentes. “Prevalece la colectividad por encima del individualismo. Entendemos la libertad de manera diferente”.
Cada vez más gitanas acceden al mercado laboral, pero en situación de desventaja./ Secretariado Gitano
Un diagnóstico de la mujer gitana en Bilbao realizado el año pasado por la asociación romaní Kaledor Kayico constata que lo que más miedo les da sigue siendo la discriminación, a la hora de buscar trabajo o de participar en la vida pública. “Otra cosa que detectamos es que casi el 100% identificaban la violencia de género como violencia y no como algo natural, como suele decir la mitología callejera sobre las mujeres gitanas”, explica Rosa Jiménez.
Celia Gabarri considera que es innegable que “las gitanas se enfrentan a una triple discriminación” y sus experiencias personales hablan solas. Felisa Reyes recuerda una pelea en la que se vio inmersa en el colegio y cómo “todo el mundo vio lógico que me pelease porque yo era gitana”. “En las tiendas, nos siguen; la hora de alquilar un piso, dan por hecho que se lo vas a destrozar; cuando vas a buscar trabajo, te miran con recelo; cuando pedimos una subvención, entramos en el epígrafe como migrantes…“, cuenta Rosa Jiménez entre risas.
Las tres coinciden en que hay una distorsión de la realidad gitana muy fuerte. “Cada vez hay más mujeres gitanas trabajando fuera de casa, pero lo tienen difícil por la falta de formación y lo competitiva que es la sociedad. Necesitamos algo de tiempo para subirnos al carro”, comenta Jiménez.
“Necesitamos referentes”
Felisa pelea para hacer entender a su entorno que se puede ser independiente, viajar y no dejar de ser gitana. “No hacemos nada malo por ser independientes y no depender de los hombres, como hasta ahora. Mi vida no se limita a esperar a que un gitano llegue a pedirle mi mano a mi padre y ser ama de casa para toda la vida”, dice.
En Sim Romí imparten formaciones en género. “Queremos defender los derechos de las mujeres gitanas. No nos vemos reflejadas en ninguna parte y necesitamos referentes. ¿Dónde se habla de las mujeres gitanas? Como mucho, se habla del pueblo gitano, pero nunca de lo que hacemos las mujeres. Se nos folkloriza, pero no se explican nuestros aportes”, dice Soraya Motos.
“Cuando oigo estereotipos, me pregunto dónde está el respeto a la diferencia, por qué no puede haber diversidad, por qué para integrarme tengo que convertirme en ti. Aunque me forme, conquiste espacios, salga de casa, participe en la vida pública… no quiero dejar de ser gitana porque estoy orgullosa de serlo”, concluye Rosa Jiménez.
En Sim Romí, al igual que en otras organizaciones de mujeres gitanas, caminan hacia la igualdad escribiendo su propia historia. No quieren que las payas les marquen el camino. Uno de los cuentos de Soraya Motos termina así: “Seas lo que seas en la vida y lo que puedas alcanzar, nunca dejes atrás las costumbres de tu pueblo”.
Por Emilia Laura Arias Domínguez
Fuente: Pikara Magazine
