enero 29, 2020

Ser persona.

Una persona camina por la calle. Tres extraños se cruzan con ella y la observan.

“Un muchacho afeminado”, resuelve Jorge al verla doblar la esquina y sentir su fuerte perfume a flores. Le recuerda al olor de su esposa Uma, que tanto extraña. Una parte de su corazón pincha e intenta ignorar a la persona: “no puede ser que haya comparado a mi querida esposa con ese chico”. Jorge se siente instantáneamente incómodo con esos pensamientos. Gira la cabeza con discreción y por el rabillo del ojo mantiene el escrutinio, “no es de buena educación fijar la vista en alguien”. 

Observa su cara y se desconcierta nuevamente: “podría ser guapo y de buen porte si no llevara todos esos brillos encima, ¿para qué sirven, de cualquier forma?”. Jorge nunca entendió eso de arreglarse y cuidar los detalles, Uma siempre se lo decía. Ella no aceptaba que a él, por ser hombre, siempre le iban a costar esas cosas. Mira su propio cuerpo: unos pantalones marrones holgados, camisa celeste y el cinturón que le había regalado su hijo hace algunos años, ¿a Uma le gustaría? Hace mucho que Jorge no piensa en ella más que al terminar el día; la cama se siente muy fría sin su cuerpo para acompañarlo. 

La persona avanza hacia Jorge y él se tapa la nariz con un pañuelo, escondiendo las lágrimas.“¡Pero cuánto perfume tiene este chico! Seguro se arregló para el novio”. Sonríe por lo bajo y por unos instantes se olvida del perfume y de Uma. “Si. Este chico debe de ser un homosexual”. Y no es que Jorge tenga algo contra eso. No, no. Es solo que no puede evitar sentirse incómodo ante esta gente tan… especial. Porque son diferentes a él, que fue criado con otros valores. Su padre lo hubiera golpeado al instante si lo hubiera visto con ropa de mujer. Pero ahora hay madres que piensan que ayudan a sus hijos al dejarles hacer lo que quieran. “Tontas. A los jóvenes hay que controlarlos, porque está en su naturaleza desenfrenarse a esa edad”. Cuando dice estas cosas, su familia se molesta, pero las personas deben respetar sus sentimientos y opiniones, es un país libre después de todo. Si no podemos decir lo que pensamos en nuestra casa, ¿dónde?

La persona llega a su lado con la vista en frente, por eso Jorge baja un poco la cabeza, y sus ojos encuentran una pollera. “Marica, diría mi tía Jorgelina”. “A ella siempre le gustó esa palabra, la repetía una y otra vez para cualquier cosa: Jorge, ayudame con esas cajas, no son pesadas, no seas marica. Jorge, ¿lavando los platos? cuidado Elvira, te salió marica. Jorge, con ese chico no, que me dijeron que es marica, no vas a querer que los otros nenes se te burlen ¿o sí?”. De chiquito no supo lo que significaba, pero sabía muy bien que no quería serlo. Ya de más grande adoptó él mismo la palabra, aunque le molestaba mucho a su sobrina, así que evitaba decirla tanto. 

Se cruzan y Jorge escucha el distinguido sonido de los tacones aguja de su madre. De reojo pispea los pies de la persona. “Tacos, ese chico está usando tacos”, más que incómodo, indignado, Jorge apura el paso. 

“Media docena de huevos, una planta de repollo…” los pensamientos de María se cortan por la imagen de la persona que camina por su cuadra. María voltea la cabeza rápidamente y mira sus manos que sujetan su bolso con vehemencia. “Es una de esas”, se alarma María mientras aprieta más el bolso y trata de hacerse más pequeña en la calle. “Una feminista”. María sabe muy bien lo que son, ha tenido vastas charlas con su papá sobre ellas. Ese pesado saca el tema cada rato en el silencio de sus cenas, y procede a dar un listado de porqué esas mujeres solo están molestas y en busca de atención. Que no hay que darles mucha bola porque ya se van a calmar, pero mientras tanto histeriquean y te hacen desastres en la calle con sus marchas. “Destruyen la ciudad a su paso Mari, tené cuidado si vas por el centro en las zonas más urbanas, te agarra una de esas y se pudre todo”. María siempre le responde en pocas palabras, no le gusta hablar de eso. No es una feminista, pero se siente atacada cuando su papá las putea. Cree que el movimiento no es malo en sus ideales, pero son muy violentas a la hora de actuar y no se siente representada por tal salvajería. Además, como siempre dice su padre y argumento que María no puede refutar, no buscan realmente la igualdad. María, al ser mujer y vivir en carne propia lo que conlleva serlo (porque los hombres nunca van a entenderlo de verdad), sabe que las quejas de estas mujeres no vienen de la nada, pero parecen querer ser ellas las dominantes en vez de que no haya ningún dominado. Y eso a María le da una rabia. Porque hablan como si representaran y llevaran la palabra de todas las mujeres argentinas, pero ella no está de acuerdo con el desprecio a los hombres sólo por ser hombres. Hay algunas que incluso parece que quisieran exterminar al varón y quedarse ellas solas en el mundo. Aunque, María no va a mentir, eso sería divertido de ver. 

De cualquier forma, cuando ve ese pañuelito verde colgando del cuello de la persona, sabe instantáneamente que se trata de una de ellas. Y con las palabras de su papá resonando en la cabeza, no puede más que mirar a otro lado y tratar de pasar desapercibida detrás de un viejo de camisa celeste que tiene adelante. El hombre no reacciona en lo más mínimo por estar en frente de una feminista, María imagina que es alguien calmado, que no se deja llevar por la ira como la mayoría. “No tiene huevos” diría su papá. 

De repente el señor se gira a ver a la feminista, y María siente un miedo paralizante. No quiere que le diga algo y se arme un escándalo, pobre chica. Pero el viejo sigue caminando. Más calmada mira adelante, y se da cuenta de que está expuesta, que su escudo humano se fue demasiado rápido. Toma aire y se endereza tratando de parecer confiada. De reojo mira a la persona que ya está a punto de cruzarse con ella. Es joven como para llevar decididamente ese pañuelo tan conflictivo, “seguro su mamá le metió ideas en la cabeza”, piensa con pena. María desvía los ojos e intenta no hacer una mueca notoria al ver los pelos negros en las piernas de la persona. “Esta piba vulgar no se depila”. María se recuerda con maña que lo que hace uno con su cuerpo es la elección de cada uno, pero el pensamiento vuelve una y otra vez a su cabeza “piba vulgar”, “feminista, feminista, feminista”.

“Qué lindo corte de pelo”, piensa Rocío. “Qué bonita remera también”, se dice concentrándose fuertemente en eso. “Las botas están di-vi-nas ¿Dónde las habrá comprado?”. Trata de no mirarle la cara y se muerde los labios. “Me parece que son de Akiabara o de algún negocio del Olmos”, asiente seriamente, no hay nada más llamativo en la persona que eso. “Los brillitos verdes también. Ay, no te lo creo”, Rocío sonríe para sus adentros con euforia; “¡El pañuelo verde!”. Es une de les míes. Se lamenta no tenerlo puesto ahora mismo para que la persona se dé cuenta de que ella está en la misma lucha. Lo dejó en su casa porque no combinaba bien con su remera, siempre tan superficial ella. Le encanta llevarlo puesto, aunque algunas veces se olvide o se lo saque para caminar en ciertas calles. Adora que la gente sepa lo que ella piensa y que lo comente, que todas las personas que la rodean le pregunten por sus ideas y se den discusiones. Pero a sus amigues no parece importarles mucho, creen que lo usa por moda. ¡Por moda! Dicen que es parte de una masa y que es una pérdida de tiempo hablarlo con ella. Ningún cambio real se puede hacer desde lo individual, piensa. Se necesita de muchas personas unidas, por el mismo sufrimiento, para lograr la transformación de una sociedad machista y patriarcal sedimentada. “Somos guerreres”, se asegura con certeza. 

La persona camina con la pollera flotándole sobre las piernas y Rocío desvía un pensamiento una y otra vez. Le molesta ser tan cuadrada, tener tantas cosas de sus mapadres metidas en la cabeza, siempre tratando de encasillar y clasificar todas las cosas, asustades de lo que no entienden. Rocío quiere vivir abrazando lo diferente, queriéndolo tanto que comience a ser normal para les demás, y el primer paso es tomar por común eso que resalta. 

Por eso lo intenta pero no puede evitarlo: “me encanta que se sienta cómodo y se vista como él quiera, siendo un chico”. El pensamiento rebota fuerte en su cabeza. ¡Es que es imposible! Ese pibe va por ahí sin importarle nada, mostrándole al mundo quién es realmente y todo lo que piensa. A Rocío le encantaría ser así. Pasar violentamente y hacer que todes giren sus cabezas, que sus mapadres se horroricen. Mover algo en la gente. Siente que las personas solo valen la pena cuando generan algo en otres; si no, vivís como un fantasma. Cuando la persona pasa, Rocío le sonríe. “Tengo que asegurarme de que sepa que lo apoyo”.

Los tres extraños se alejan por la calle. La silueta sigue caminando y cuando los ojos dejan de estar encima de ella, vuelve a ser.

Por Milena Dassie Wilke @Mile DW
mileytani@gmail.com
La Ciudad de las Diosas

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in