Cuando el transporte público y la movilidad también hablan de desigualdad

*La foto en la que la persona espera el bus fue diseñada con inteligencia artificial
En el Aula Máxima de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional (sede Medellín), las pinturas del maestro antioqueño Pedro Nel Gómez hacen que este espacio siempre nos esté contando una historia. Sus frescos, pintados a mediados del siglo pasado, hablan de la amistad, del trabajo colectivo, de la ciencia, de la vida y de la muerte.
Mientras se camina por este lugar, las escenas cambian. Aparecen figuras humanas en escenas de las que uno tendría hasta la libertad de escribir otra historia; paisajes, olas que chocan y colores contrastantes. Todo esto parece recordarnos algo simple: la vida en comunidad.
Aula Máxima de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional (Medellín).Andrea Londoño Sánchez (directora de Hablemos de Trabajo Doméstico, izq.) y Angélica Julio (practicante de Economía de la Fundación).
En ese mismo espacio, cargado de historia y arte, se compartieron los resultados de una investigación que mira otro tipo de trayectos: los que recorren a diario miles de personas en la ciudad. El estudio “Movilidad, género y emisiones: ¿Cómo nuestros patrones de movilidad influyen en el cambio climático?” analizó cómo nos movemos y qué dicen esos recorridos sobre la desigualdad y el clima.
Los datos
Una de sus conclusiones es clara: las brechas de género también se sienten en el transporte.
Los datos muestran que los hombres usan con mayor frecuencia carro o motocicleta. Las mujeres, en cambio, dependen más del transporte público o de caminar. Muchas veces no es una elección. Tiene que ver con ingresos más bajos, menos acceso a la compra de vehículos y con el tiempo que dedican al cuidado de otras personas.
Temas pendientes
La investigación, que comparó información de Medellín y Cali, encontró algo más. Quienes realizan labores de cuidado -en su mayoría mujeres- suelen hacer trayectos más largos y complejos. No se trata de ir de casa al trabajo y volver. Son recorridos que incluyen varias paradas: llevar a alguien al colegio, hacer compras, acompañar a un familiar, llegar al trabajo y luego repetir el camino.
Paradójicamente, estos viajes generan menos emisiones de CO2. Sin embargo, también reflejan mayores limitaciones económicas y menos oportunidades laborales.
El estudio (realizado por PNUD, Fundación Natura Colombia, el IDEAM y la Pontificia Universidad Javeriana de Cali) también deja ver un vacío importante: todavía sabemos poco sobre lo que pasa dentro de esos trayectos. Faltan datos que muestren, por ejemplo, situaciones de acoso o violencias de género durante los desplazamientos.

Mientras tanto, algunas cifras ayudan a dimensionar la realidad. La plataforma Invisible Commutes, que estudia los recorridos diarios de trabajadoras domésticas en América Latina, ha documentado algo que muchas personas viven a diario: Una trabajadora doméstica puede tardar hasta cuatro horas al día en desplazarse en Medellín. En Sao Paulo el recorrido puede llegar a cinco horas, y en Lima hasta seis.
Desde la Fundación creemos que investigaciones como esta ayudan a mirar la ciudad con otros ojos. Nos invitan a entender cómo se diseñan los sistemas de transporte y cómo esas decisiones afectan la vida cotidiana de miles de mujeres.
Hablar de movilidad es hablar de cuidado, de tiempo, de oportunidades. Y reconocerlo es un paso necesario para construir ciudades más justas, donde los trayectos de todas las personas cuenten.
Fuente: Hablemos de Trabajo Doméstico
