mayo 16, 2026

Cuidar lo colectivo para transformar la política: la experiencia de la Comisión de Mujeres del Congreso de Colombia

Cuidar lo colectivo para transformar la política: la experiencia de la  Comisión de Mujeres del Congreso de Colombia

En la historia institucional de Colombia, la creación de la Comisión de Mujeres del Congreso en 2008 marcó un punto de inflexión silencioso pero profundo. No se trató únicamente de la apertura de un nuevo espacio formal dentro del Legislativo, sino de la emergencia de una forma distinta de hacer política: una política basada en la cooperación, la confianza y, sobre todo, en el cuidado deliberado de lo colectivo.


Este artículo analiza esa experiencia para mostrar cómo la articulación estratégica de mujeres con trayectorias políticas diversas permitió no solo la creación de una bancada efectiva, sino también la aprobación de una de las leyes más relevantes del país en materia de violencia de género. Más allá del resultado legislativo, el caso ofrece lecciones fundamentales sobre gobernanza, acción colectiva y sostenibilidad institucional.

Un origen improbable: escepticismo institucional y oportunidad política

La génesis de la Comisión no estuvo exenta de escepticismo. En 2008, cuando la entonces presidenta del Congreso, Dilian Francisca Toro, planteó la creación de una comisión de mujeres, la reacción de los sectores institucionales fue, en el mejor de los casos, tibia. La Alta Consejería para la Equidad de la Mujer expresó dudas sobre su viabilidad, argumentando la falta de formación de las congresistas en el tema de género.

Este punto de partida revela una tensión estructural frecuente: la distancia entre la institucionalidad formal y la construcción efectiva de las agendas políticas. Sin embargo, lo que siguió demuestra cómo el liderazgo político, combinado con una intervención estratégica externa, puede revertir ese escepticismo.

La iniciativa tomó forma cuando se propuso la figura de facilitación externa del grupo —una innovación organizacional poco común en el Congreso colombiano— orientada no a dirigir, sino a “cuidar” el proceso colectivo.
Arquitectura del éxito: diversidad, confianza y mediación estratégica

Uno de los elementos más innovadores de la Comisión fue su diseño político y organizativo. La decisión de nombrar dos coordinadoras ad honorem —Isabel Londoño y Olga Amparo Sánchez— no fue casual: respondía a la necesidad de articular distintas corrientes ideológicas dentro de la bancada femenina.

Olga Amparo Sánchez, con una trayectoria en el movimiento feminista y sus vínculos con sectores progresistas como el de Piedad Córdoba, y Londoño, cercana a figuras como Martha Lucía Ramírez o Cecilia López, representaba un puente político clave.

Este diseño permitió algo excepcional en el contexto colombiano: una articulación transversal que superó profundas divisiones partidistas. La Comisión no operó como un bloque ideológico homogéneo, sino como un espacio deliberativo en el que las diferencias se gestionaban activamente.

El trabajo inicial se centró en la elaboración de un plan estratégico basado en los principios de cooperación, respeto y reconocimiento mutuo. Este proceso, aparentemente técnico, fue en realidad el núcleo del éxito político posterior.

El resultado tangible: la Ley 1257 de 2008 y la política de consensos

El principal logro de la Comisión en su primer año fue la aprobación, en un tiempo récord, de la Ley 1287 de 2008 para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres.

Este resultado no puede entenderse únicamente en términos legislativos. Fue el producto de un proceso altamente coordinado que incluyó:

  • La integración de insumos previos, como el borrador desarrollado por el equipo de Piedad Córdoba.
  • La participación activa de organizaciones feministas y de la Defensoría del Pueblo.
  • Una asistencia casi perfecta de congresistas y asesores a las sesiones de trabajo.
  • La priorización del objetivo común por encima de las diferencias políticas, incluso en un contexto polarizado como el del gobierno de Álvaro Uribe Vélez.

El proceso legislativo se convirtió así en un ejercicio de construcción colectiva de política pública, donde la deliberación efectiva reemplazó la lógica de confrontación.

Más allá de la ley: la construcción de comunidad política

Además del resultado normativo, la Comisión logró consolidar una comunidad política en torno a la agenda de género. Un hito clave fue el Foro Mujer y Poder de 2009, que reunió a más de 45 panelistas internacionales y 1.200 mujeres de todo el país.

Este tipo de espacios cumplió una doble función: por una parte, fortaleció la legitimidad de la Comisión ante la ciudadanía y, por otra, conectó el trabajo legislativo con las experiencias y demandas de las mujeres en el territorio.

De este modo, la Comisión no solo legisló, sino que también construyó una red de incidencia que amplificó su impacto.

La clave invisible: el cuidado como práctica política

El concepto central que emerge de esta experiencia es “cuidar el grupo”. Lejos de ser una noción abstracta, se traduce en prácticas concretas de facilitación y gestión colectiva, dentro de las que se destacan: 

  • La elaboración y gestión de agendas de trabajo.
  • La coordinación de las comunicaciones internas y externas.
  • El seguimiento de la participación de las integrantes.
  • La mediación de tensiones y conflictos.
  • La construcción de documentos estratégicos.

Estas tareas, frecuentemente invisibilizadas en la política tradicional, resultan esenciales para la sostenibilidad de cualquier proceso colectivo.

Más aún, esta experiencia dio lugar a una idea potente: el cuidado no solo se aplica a las personas, sino también a las instituciones y a los grupos. Esta perspectiva redefine la noción de liderazgo, desplazándola de la autoridad individual a la responsabilidad compartida.
Institucionalización y continuidad: de Comisión accidental a Comisión legal

Con el tiempo, la Comisión evolucionó hasta convertirse en la Comisión Legal para la Equidad de la Mujer (CLEM), consolidando su lugar en la estructura del Congreso. Esto ha permitido mantener una voz institucional independiente, garantizar la continuidad de procesos entre legislaturas y fortalecer el vínculo con organizaciones sociales y comunidades.

Un elemento clave de su continuidad ha sido la permanencia de una coordinación externa, actualmente liderada por María Cristina Rosado. Este modelo organizacional ha sido fundamental para mantener una voz institucional autónoma, asegurar la estabilidad y el seguimiento de los procesos entre distintas legislaturas, así como consolidar la relación con organizaciones sociales y comunidades, lo que contribuye a la solidez y relevancia de la Comisión en el ámbito político. 

En un sistema político caracterizado por la rotación y la discontinuidad, esta estabilidad organizativa constituye una ventaja estratégica.

Desafíos contemporáneos: renovación, formación y relevancia política

Cada nuevo Congreso implica una recomposición de la Comisión, con nuevas integrantes y liderazgos. Lo cual, sin embargo, plantea desafíos importantes: resulta imprescindible formar a las nuevas congresistas que no cuentan con experiencia en asuntos de género para asegurar una participación activa y fundamentada, así como proteger y transmitir el acervo institucional para preservar los aprendizajes y avances obtenidos a lo largo del tiempo, y mantener la capacidad de adaptarse de manera ágil y eficaz a las prioridades emergentes y a los desafíos que la agenda política presenta.

No obstante, la estructura de la Comisión y sus procesos de capacitación seguramente permitirán superar estas dificultades y asegurar la continuidad de su misión. Además, su conexión con comisiones de mujeres a nivel territorial amplía su capacidad de incidencia y configura una red multinivel de gobernanza en materia de género.

Lecciones para la política pública y la gobernanza

  • La experiencia de la Comisión de Mujeres del Congreso ofrece varias lecciones relevantes:La importancia del diseño institucional: la inclusión de mecanismos de facilitación externa puede fortalecer la efectividad de los grupos de trabajo.
  • El valor de la diversidad política: la representación de distintas corrientes ideológicas puede ser una fortaleza si se gestiona adecuadamente.
  • El rol del cuidado en la política: la sostenibilidad de los procesos colectivos depende de prácticas deliberadas de cuidado y gestión.
  • La articulación con la sociedad civil: la conexión con organizaciones y comunidades amplía el impacto institucional.
  • La necesidad de continuidad: la estabilidad organizativa es clave para consolidar agendas a largo plazo.

La Comisión de Mujeres del Congreso de Colombia demuestra que es posible hacer política de otra manera. Su experiencia sugiere que el éxito institucional no depende únicamente de normas o recursos, sino también de la capacidad de construir y sostener comunidades políticas basadas en la confianza, la cooperación y el cuidado.

En un contexto en el que muchas iniciativas institucionales fracasan por falta de continuidad o cohesión, este caso ofrece una alternativa concreta: entender que los grupos, al igual que las personas, requieren ser cuidados.

Más aún, plantea una pregunta de fondo para la administración pública y privada: ¿qué pasaría si el cuidado de lo colectivo dejara de ser una excepción y se convirtiera en un principio estructural de la gobernanza? La respuesta, a la luz de esta experiencia, podría ser transformadora.

Fuente: Razón Publica

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