agosto 03, 2008

El autoritarismo... es un monstruo grande y pisa fuerte

El autoritarismo es, en su sentido primigenio, el abuso de poder generalmente acompañado de la amenaza o el uso de la fuerza. En política se relaciona con regímenes que detentan un poder ilegítimo. Para las feministas el autoritarismo funciona, no sólo en el ámbito público sino también en el privado, y está vinculado con otras manifestaciones de poder; sus orígenes se remontan, según Victoria Sau, a la instauración misma del patriarcado como “forma de organización política, económica, religiosa y social basada en la idea de…predominio de los hombres sobre las mujeres, del marido sobre la esposa, del padre sobre la madre y los hijos, de los viejos sobre los jóvenes, y de la línea de descendencia paterna sobre la materna”. A estas jerarquizaciones se suman el origen étnico, la pertenencia de clase o el sustentar ideas que se desvían de la norma patriarcal.

Las formas autoritarias han permeado al menos desde hace diez mil años, las relaciones sociales públicas y privadas. Para sostener y reproducir el autoritarismo, pilar del patriarcado, se han inventado y refinado instituciones, costumbres, prácticas y leyes que hacen aparecer como naturales las manifestaciones del poder de dominio.

Este tipo de poder se basa en la obediencia y la disciplina que, llevadas al extremo, funcionan como mecanismos de control que están presentes en nuestra cotidianidad modelando pensamientos, actitudes y comportamientos que riñen con las ideas del goce y la libertad.

Las sociedades patriarcales han elaborado discursos que ocultan la perversidad del autoritarismo, y se filtran en frases con las que somos educadas desde la niñez: “si te pego es porque te quiero, es por tu bien”, “los mayores deben ser respetados sin cuestionamiento, porque siempre tienen la razón”, “no sales, no entras, no estudias, no te pones esa ropa porque lo digo yo”. A los discursos se suman otras formas de expresión: el recurso del miedo, la mirada que paraliza, la palabra que agrede, el comentario que descalifica, la quiebra de la autoestima, el abuso continuado, la indiferencia, el aislamiento, el puño que lastima, la mano que mata.

Estos mensajes y prácticas rigen muchas veces la vida familiar y son repetidos, con sutileza o no, en otros espacios como la escuela y el lugar de trabajo. La aceptación de las personas se condiciona a una buena conducta que implica prohibiciones para pensar, expresarse y disentir. Y esto, en sociedades como la guatemalteca, ha llegado a tener rango de política de Estado como lo prueba una historia caracterizada por dictaduras o por promesas constantes de mano dura.

Estos mandatos refinados y normados encuentran su máxima expresión en dos de las instituciones más representativas, que no las únicas, del poder de dominio: los ejércitos y las iglesias. Ambas exigen, a quienes las integran, la obediencia debida o la fe a ciegas. Para mantener la disciplina ambas instituciones recurren al castigo, corporal o espiritual, que funciona como disuasivo para quienes osen cuestionar o desafiar la autoridad terrenal o celestial. Prueba de ello es, por ejemplo, la cacería de brujas que la iglesia católica llevó a cabo con especial devoción hace cuatro o cinco siglos cuando, durante la Inquisición, infligió crueles torturas o condenó a la muerte a miles de mujeres, por saber más de lo permitido, por ejercer como sanadoras, o simplemente por ser o parecer diferente.

Como mecanismo o expresión de poder, el autoritarismo está arraigado en nuestro ser, en nuestras miradas del mundo, en nuestros imaginarios sociales, en nuestras acciones sociales y políticas, aún las más progresistas, transgresoras o revolucionarias.

Por estas razones, durante mucho tiempo las feministas ignoraron la discusión sobre el poder pues la única forma que se conocía y vivía era el poder sobre o de dominación, que perfilaba a las mujeres como víctimas de la sociedad, como seres carentes de poder; esa visión ha sido característica de una etapa de victimización que, aunque válida, ha empezado a ser cuestionada porque inhibe la acción política de las mujeres.

Para contrarrestar esas nociones se ha recorrido un largo camino que ha implicado desmontar el mito de que a las mujeres no les interesa el poder, que ‘el poder les sienta mal, que ellas pueden talvez influir pero no mandar’. Esta idea convenientemente propagada por las instituciones patriarcales está internalizada en cada mujer, hasta se piensa que el poder afea a las mujeres, limitando sus posibilidades de desarrollo personal y colectivo.

Las feministas cuestionan el autoritarismo y pluralizan el poder, dotándolo de nuevos contenidos: el poder para, que contribuye a catalizar el cambio para impulsar la acción, es un poder creador, generador, productivo. El poder con, que remite al hecho de compartir, organizar, construir discursos y acciones colectivas. El poder dentro o poder interno, que significa “generación de fuerza desde el interior de una misma y que se relaciona con la autoestima”. De ahí que en los últimos años se ha insistido en el ejercicio de la autonomía y en el empoderamiento como propuestas políticas para adquirir y ejercer poderes, esta vez afirmativos, no de dominio.

Fuentes:Deere, Carmen Diana; León, Magdalena 2000 Género, propiedad y empoderamiento: tierra, Estado y mercado en América Latina. Colombia, TM Editores.

French, Marilyn La guerra contra las mujeres.

Monzón, Ana Silvia 2003.
Las mujeres y el poder en Guatemala. Artículo inédito.
Sau, Victoria Diccionario ideológico feminista. España.
Valcárcel, Amelia 1997. La política de las mujeres. España, Editorial Cátedra.

Por Ana Silvia Monzón
Feminista, Socióloga y Comunicadora guatemalteca. Coordinadora de Voces de Mujeres

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The Blood of Fish, Published in